
La cabeza (de turco) del hijo pródigo será ofrecida entonces al pueblo para que éste pueda descargar su ira contra el valenciano, y se olvide de mirar algo más arriba. El y (a lo mejor) la persona que hizo los fichajes aparecerán ante la opinión pública como los grandes culpables de que el proyecto se tambalee y “el último Don”, no dudará en echar más leña al fuego diciendo que, efectivamente, no eran las personas idóneas y que le han decepcionado. Una (o dos) muescas más en la culata de su revolver mientras él se va de rositas pese a que probablemente haya impuesto a algún que otro jugador… Entonces se traerá a un nuevo Montes, un nuevo Campillo o vaya Vd. a saber a quién…y vuelta a empezar; los más ilusos pedirán paciencia para el nuevo técnico y reprocharán duramente cualquier conato de crítica o rebeldía hacia quien paga; el eternamente engañado al que hay que agradecerle las migajas de fútbol de tercera que tenemos en la ciudad; el hombre alrededor del cual se ha forjado el falso mito de que sin él no habría fútbol en Cartagena..Pues vale, nos sentaremos tranquilamente a ver todo esto pasar y sacaremos este texto cuando ocurra a ver si así convencemos a alguien más…aunque dudo que sirva para algo. La afición se divide entre los ingenuos que aún creen que esto puede cambiar sin que ellos hagan nada y los resignados que, aunque no les gusta lo que ven, piensan que poco puede hacer la afición en toda esta historia salvo comer pipas en la grada o irse a su casa.
Paco Gómez ha dado con la ciudad ideal para campar a sus anchas. Una ciudad pasiva, con la autoestima por los suelos, en la que las fuerzas sociales brillan por su ausencia. A los políticos esta situación les vale, a los periodistas también, y a los aficionados también. Don Paco no parece que se vaya a ir mientras tenga intereses urbanísticos (El nuevo PGAU parece que va para largo) y de aquí nadie lo va a echar. Así que este matrimonio puede eternizarse en el tiempo para desgracia de los que amamos los colores blanquinegros y tenemos algo de dignidad. Viva el día de la marmota