viernes, 4 de septiembre de 2009

La "desconsideración" del asistente de Lateral Rambla


Los que me conocen saben que, a pesar de lo que pueda deducirse de mi personalidad a través de los posts que aquí escribo, en realidad, soy un impenitente amante de la broma y el cachondeo; siempre que éste, claro está, no sea de brocha demasiado gorda y contenga algo de inventiva, a poder ser, impregnada de ese gracejo cartagenero tan característico nuestro.

El estadio, y más cuando uno se encuentra rodeado de amigos, es un lugar idóneo para dar rienda suelta a esa inventiva o, simplemente, disfrutar del experimento social que supone observar a nuestros paisanos en su salsa, sometiendo a su inapelable juicio, casi siempre expresado en voz alta, las mil y una circunstancias que tienen lugar durante el desarrollo de los partidos que disputa el Efesé.

El pasado miércoles, por ejemplo, en el partido copero que nos enfrentó al Elche, con feliz desenlace para los intereses blanquinegros, me llamó poderosamente la atención un personaje cuyo comportamiento, sobre no ser nada del otro mundo, sí que me pareció extraordinariamente singular y digno de comentario. Resulta que el sujeto en cuestión (harto, como todo el estadio, de la actuación del asistente de la banda de lateral rambla), cada vez que éste levantaba el banderín y cercenaba en flor, con ello, las múltiples escapadas de los delanteros del Efesé, que se hubieran quedado solos delante del meta ilicitano Caballero; este sujeto, digo, en lugar de proferir, como buena parte de los que le rodeaban, insultos de todo tipo dedicados a los familiares de dicho asistente, esperaba pacientemente a que las iras del respetable se aplacaran para, en ese momento de relativo silencio, asegurándose de que todo el mundo a su alrededor pudiera oírle, levantarse y exclamar con voz solemne: “¡¡Línier, que sepa usted que es un desconsiderado!!”

Ni qué decir tiene que el anticlímax que, de entrada, provocaban estas palabras en el resto de extenuados aficionados que, segundos antes, competían, desgañitándose, por ver quién le dedicaba el mayor y más irrespetuoso improperio al tipo del banderín, era de órdago. Pero inmediatamente después, al comprender todo el mundo lo cómico de la situación y, sobre todo, la mordacidad que, en realidad, encerraba la dedicatoria en cuestión, pocos eran los que podían contener una sonora carcajada que, si bien no hacía olvidar el desaguisado del trío arbitral, sí que servía, al menos, para desdramatizar y tomarse las cosas con más calma. Únicamente algunos niños, que por su juventud, aún son incapaces de entender debidamente lo que significa la figura retórica de la ironía, se mostraron algo desconcertados al comprobar que una expresión tan cursi y pedante, era capaz de despertar la hilaridad de una grada que, como digo, instantes antes no escatimaba esfuerzos a la hora de articular divertidas palabrotas que ellos reproducían con orgullosa impunidad.

En fin, no seré yo quien venga ahora a descubrir el proverbial donaire del pueblo de Cartagena. Lo que sí digo es que, supuesto que lo tenemos, quizás deberíamos esforzarnos en utilizarlo más a menudo. Creo, honestamente, que es mucho más divertido y original que acordarse, sistemáticamente, de la madre de alguien; ayuda a subrayar nuestro particular “hecho diferencial” y, de paso, puede contribuir a que nuestra juventud refrene, en algo, su mal uso del lenguaje.


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